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martes, 4 de junio de 2013

El apagón, de Peter Shaffer


por Alberto Servat

La premisa no tiene pierde si se trata de arrancar carcajadas a la audiencia. Un grupo de (excéntricas) personas queda atrapada en un departamento durante un apagón. Y sobre el escenario el efecto visual es totalmente inverso a la realidad: la obra comienza en penumbras y cuando ocurre el cortocircuito se prenden las luces. De manera que el espectador ve todo lo que los personajes no. A partir de entonces somos testigos de una comedia de costumbres, de una farsa que requiere destreza física, de un enfrentamiento coloquial muy inspirado y también de una dosis de drama recubierto de ironía y humor negro. Es “El apagón”, de Peter Shaffer, cuyo título original es “Black Comedy” (“Comedia negra”).

El autor y su entorno

Hacia 1965, Shaffer ya era un dramaturgo de cierto prestigio por una carrera que había llegado a su mejor momento un año antes con “La real cacería del Sol” (“The Royal Hunt of the Sun”), un drama filosófico alrededor del episodio histórico del enfrentamiento de Atahualpa y Pizarro, durante la conquista del Perú. Más adelante su carrera se vería consolidada con “Equus” (1973) y “Amadeus” (1979), que dieron la vuelta al mundo y pasaron al cine con gran éxito.

“El apagón” fue una obra de encargo. En la primavera de 1965, Kenneth Tynan le pidió que escribiera una obra de un acto que pudiera ser representada junto al clásico “Señorita Julia” en el National Theatre. Sin entusiasmo, Shaffer pidió audiencia con Laurence Olivier, director de la compañía, quien no escuchó sus razones. La obra tenía que escribirse... y rápido.

Finalmente el estreno tuvo lugar en el Festival de Teatro de Cichester el 27 de julio de 1965, bajo la dirección de John Dexter, y con un reparto de primera figuras que incluyó a Derek Jacobi, Albert Finney y Maggis Smith. Dos años después se estrenó en Broadway con Michael Crawford, Geraldine Page y Lynn Redgrave, bajo la dirección del mismo Dexter. Desde entonces es una obra que se ha representado cientos de veces alrededor del mundo.

Para un autor del nivel de Shaffer “El apagón” es un mero divertimento. Una comedia disparatada en la que quiso imprimir un sello especial (aunque no del todo logrado). A la anécdota del apagón debía sumarle un elemento capaz de mantener atento al espectador. Y lo consigue en gran medida mientras el protagonista tenga necesidad de mantener atrapados a sus invitados durante el apagón. A ello debía sumar una historia de rivalidad, una infidelidad, dos mujeres enamoradas del mismo hombre y algunos vecinos inoportunos. Hasta aquí el espectro capaz de envolver a la audiencia. Pero tal vez sea por la premura al escribirla o también por el poco interés que tenía en la obra, Shaffer deja cabos sueltos y situaciones no del todo resueltas. Porque una obra debe plantear, incluso si es disparatada, un universo creíble y capaz de mantener con coherencia su postulado. Y “El apagón” es una obra que exige a quienes la ponen en escena que resuelvan esos defectos del libreto.

El reto de Fisher

En Lima le toca a Juan Carlos Fisher resolver los problemas que “El apagón” presenta. Y en su más reciente montaje, en el recuperado teatro Luigi Pirandello, lo logra en gran medida.

En primer lugar porque recoge la premisa sin alterarla, de manera que se sirve del mayor acierto de la obra. A partir de entonces orquesta una coreografía escénica con cuidado y gran conocimiento del escenario. No en vano a Fisher le debemos comedias de enredos con grandes repartos y, sobre todo, uno de los musicales más logrados que hemos visto en nuestro medio: “Hairspray” (2012).

En “El apagón” Fisher coloca a sus personajes como si fueran piezas sobre un tablero y ejecuta los movimientos con seguridad. Por supuesto no se trata de actores elegidos al azar, sino intérpretes con los que trabaja habitualmente.

En una obra como esta, donde se requiere que todos los actores estén cronometrados dando por resultado un trabajo conjunto, sería mezquino decir que uno u otro son mejores o peores. El elenco cumple bien con las exigencias. Y la mejor prueba de ello son los aplausos que reciben al final de cada representación.

Lo que debo celebrar es que Fisher vuelva a recurrir a Wendy Ramos para uno de los papeles. Principalmente porque al ser una actriz tan identificada con un estilo y género actoral (herencia de Pataclaún), la habíamos perdido de vista dentro de un teatro más convencional. En el papel de la señorita Furnival, la vecina solterona y chismosa, no solamente encontramos una gran actuación sino una creación. Lo que es difícil dentro de una comedia que apela a tantas convenciones. Es más, el mismo papel de solterona-chismosa-miedosa es muy convencional, pero Wendy se las arregla para poner su natural talento en ello, logrando salir de la fórmula. ¡Sin duda una actriz de enormes posibilidades!

Sobre el reparto en general añadiré que, como siempre sucede en las comedias disparatadas como “El apagón”, se corre el riesgo de entablar un diálogo con la audiencia que se puede traducir en un impacto de grandes risas inmediatas pero que le resta el sentido a toda la apuesta teatral. Y sucede cuando los actores pierden la línea y el tono por complacer a una audiencia que empieza a desbordarse. Fisher lo tiene claro y marca tiempos y espacios, pero no todo está en su cancha. Un director de teatro, con toda la autoridad que tiene, no es un policía de tránsito y este es un riesgo que lo he visto en muchos teatros.

“El apagón” puede convertirse en la comedia del año. Tiene todos los elementos para ello. Bien por su equipo.

“El apagón” (Black Comedy), de Peter Shaffer. Dirigida por Juan Carlos Fisher, con Rómulo Assereto, Gisela Ponce de León, Wendy Ramos, Magdyel Ugaz, Mario Velásquez y Ricardo Velásquez. De jueves a lunes a las 8.30 pm. Los sábados y domingos a las 7 pm. Teatro Pirandello, Av. Petit Thouars, cuadra 10, Santa Beatriz.

lunes, 26 de julio de 2010

La Jaula de las Locas





Por Alberto Servat


Hasta el momento la carrera de Juan Carlos Fisher como director de teatro ha mostrado dos claras facetas: por un lado, la del director comprometido con el teatro contemporáneo, atento a los nuevos autores y especialmente interesado en obras pequeñas con contenidos fuertes; del otro lado, su pasión por el gran espectáculo y los musicales lo ha llevado a emprender retos mayores en cuanto a inversión (y ciertamente también en términos de lucimiento).


Sin duda la primera faceta ha sido hasta el momento la más interesante y satisfactoria. Fisher dejó en claro casi desde su debut su buen manejo de los espacios claustrofóbicos, de las situaciones extremas y de los personajes expuestos a extremos emocionales. Menos balanceados fueron los resultados en los grandes espectáculos, principalmente por las dimensiones de estos que muchas veces exigieron ensamblar repartos muy amplios, no siempre armónicos, con talentos provenientes de diferentes campos cuya química no siempre resultaba adecuada.


Esto no sucede con "La jaula de las locas" (La Cage aux Folles), de Jerry Herman, que es hasta el momento su musical más logrado y que se inscribe también en el espacio más personal de sus creaciones.


Jaula privada


A primera vista "La jaula de las locas" sigue la línea de los musicales frivolones que tanto nos gustan de Broadway. Una anécdota divertida, un coro de baile exigente, estrellas en el reparto y buen humor, sobre todo mucho humor. Eso en apariencia. Fisher es suficientemente inteligente y sensible para encontrar en el texto de Harvey Fiersten (a su vez basado en la obra de Jean Poiret) elementos que lo conectan con un teatro más sentido. Allí está la clave para hacer de este gran montaje un cuadro emocional fluido, íntimo y honesto.


Así, la historia de una pareja mayor de homosexuales, adquiere especial relevancia y deja de lado el entretenimiento superficial para entrar en un terreno más comprometido.


Lo curioso es que ese efecto se deja sentir en todos los espectadores, más allá de sus convicciones o puntos de vista sobre la homosexualidad. Justamente, cuando en Argentina se aprueba la ley a favor del matrimonio gay, "La jaula" sin plantear debate alguno convence a la audiencia sobre la validez del amor más allá del género, también sobre la estructura de la familia sin importar si se tiene dos padres o dos madres. Lo que está en juego, y la obra es totalmente persuasiva al respecto, es la integridad moral del individuo.


Plumas y lentejuelas


El espectáculo que ofrece "La jaula de las locas" es muy completo. Sitka Semsch tiene a su cargo un vestuario que sin ser espectacular es adecuado e imaginativo (las plumas negras, las batas de Albin). La escenografía, bastante adecuada en la mayor parte de la obra, es trabajo de Pablo Flores-Guerra y Manuel Nicolini. Y la orquesta, bien en todo momento, se encuentra bajo la dirección de Jaime Bazán.


Por supuesto es el cuerpo de baile, llamado Las Cagelles, compuesto exclusivamente por hombres, la mayor atracción de la obra. Bajo la coreografía de Raúl Romero, de la compañía D1, los bailarines ofrecen lo mejor de sí en momentos de extrema prueba física, como es el Can-Can. Sin embargo no todos los números son tan convincentes. Sobre todo la presentación de Las Cagelles al comienzo de la obra, con movimientos tímidos, ordenados es verdad, pero que no tienen la audacia necesaria para ese primer impacto que el espectador debe llevarse. Felizmente a medida que avanza la obra el baile se intensifica y obtiene mejores resultados.


Georges, Albin y todos los demás


En cuanto a los talentos individuales, Fisher ha ensamblado con mucha precisión el elenco. En términos generales el trabajo es muy logrado, obteniendo un nivel balanceado que no encontramos en "La gran comedia romana", por ejemplo. Todos cumplen con precisión: Gianella Neyra en su interpretación de Jacqueline es el sueño de mujer de todo gay; Bruno Ascenzo y Gisela Ponce de León ponen frescura y convicción en dos de los personajes más reales del cuento (ojalá todos cantaran como Gisela); incluso en sus breves papeles, Carlos Cano y sobre todo Katia Condos, son especialmente divertidos. En cuanto a Rómulo Assereto como Jacob, el mayordomo, hace una creación propia, desligándose de otras interpretaciones del mismo personaje, manteniendo los clichés es cierto, pero inyectando vigor y personalidad propia.


Pero la obra les pertenece enteramente a Diego Bertie y Carlos Carlín. Ambos dejan mucho más que un buen trabajo en el escenario. Bertie interpreta a Georges, maestro de ceremonias de 'La Cage', y buen padre y esposo de su peculiar familia. Hace tiempo que no encontraba a Diego tan dueño del escenario como en esta ocasión. Se transforma en un showman para convertirse en nuestro anfitrión en el espectáculo y abrirnos las puertas de un mundo diferente. Aplomo, soltura, buen desempeño musical que llega a emocionarnos en la canción del malecón o en "Míralo ahí" (Look Over There).


Carlos Carlín logra otro acierto en su carrera. Pero mientras que en "La gran comedia romana" era el espectáculo en sí mismo, aquí comparte en igual de condiciones el protagonismo del show. Y sabe compartir. Su Albin/Zaza es un personaje difícil por sus características físicas y emocionales. Sin la debida preparación podría resultar la peor caricatura del homosexual travesti. Pero aplicando la carga de los sentimientos que conlleva como ser humano el resultado puede ser muy satisfactorio. Y Carlín lo logra. Musicalmente cumple sin ser cantante y como actor sabe asumir riesgos.


"La jaula de las locas", actualmente en el teatro Peruano-Japonés, es una de las mejores puestas en escena que hemos visto este año. Entretenimiento de comienzo a fin con una buena carga de emoción. Bien por Fisher, por su equipo, y por nuestro teatro.





lunes, 14 de junio de 2010

Agosto: Condado Osage, de Tracy Letts



Por Alberto Servat

Un proceso creativo siempre implica riesgos. Sobre todo cuando se trata de un trabajo conjunto en el que intervienen talentos diversos, provenientes de medios, generaciones e incluso formaciones diferentes. El teatro, cualquiera sea su manifestación, es así.

El escenario se convierte en epicentro donde se forja una obra en base a las contribuciones de sus artífices. Y en el caso de “Agosto: Condado Osage”, las exigencias planteadas por la obra misma multiplican ese proceso en varios dígitos. Escrita por Tracy Letts (1965) y ganadora del premio Pulitzer, “Agosto” no solamente pretende enfocar el desgarro de una familia de clase media en Oklahoma, sino que es un comentario crítico sobre la sociedad de fines de siglo XX.

Más allá del anecdotario sin fin, resuelto en escenas vibrantes y diálogos mordaces, el texto cuestiona la base estructural de una familia como célula de la sociedad. De un matriarcado donde no es en base a la autoridad y la rigidez que se gesta un hogar infeliz, sino por una serie de comportamientos y relaciones disfuncionales que han llevado a sus miembros a odiarse mutuamente. Violeta, la madre, protagonista del drama, es a primera vista un monstruo emocional. Incapaz de reprimir sus sentimientos adversos hacia su propia familia, especialmente hacia sus hijas.

Pero a medida que el drama evoluciona. Cuando vamos conociendo la génesis familiar del cuadro que presenciamos, encontramos también a una Violeta que es víctima de un entorno. No es ella la gestora del infierno familiar, sino una más de sus víctimas. Y es su situación actual –en el momento que el drama se desarrolla frente a nosotros– que resulta más repulsiva porque ya no es dueña de sí misma. Está a merced de los fármacos.

Junto a Violeta los demás personajes lucen como marionetas. Casi siempre débiles, a la espera de un impulso mayor para actuar, defenderse o reaccionar. Tracy Letts maneja con gran estilo los tiempos y nos conduce por un camino largo y elaborado, pero nunca aburrido y mucho menos carente de interés.

“Agosto” llegó a Broadway en diciembre del 2007 y se convirtió en una de las piezas de resistencia de la cartelera neoyorquina hasta junio del 2009. Deanna Dunagan impuso su presencia en el reparto original creando un personaje único y satisfactorio para los críticos (incluso ganó el Tony). Sin embargo, y a diferencia de otros personajes en obras del mismo impacto, sus sucesoras no intentaron imitarla o mantener en cierto margen su registro. Estelle Parsons y Phylicia Rashad lograron creaciones propias por sí mismas, imponiendo características ajenas al personaje escrito: Parsons es una mujer mucho mayor al personaje y más violenta; Rashad es de raza negra, lejos del prototipo habitual de la madre de familia de Oklahoma.

En Buenos Aires, “Agosto” remeció la escena porteña bajo la dirección de Claudio Tolcachir. Norma Aleandro interpretó a Violeta con absoluto dominio de escena, enfatizando más las dificultades para hablar de su personaje. Directa y emocionalmente violenta, supo aprovechar cada minuto sobre el escenario para satisfacción especialmente de sus admiradores.

Es Juan Carlos Fisher el director que se encarga de traer “Agosto” a Lima. Y volvemos al comienzo: el reto ha sido enorme. Nuestro teatro aunque vive un momento de cierta efervescencia, tiene ciertas carencias difíciles de llenar. Como es la ausencia de actores mayores capaces de cubrir la mayor gama de personalidades posibles. Por eso me llamó la atención la elección de Claudia Dammert para el papel estelar. En primer lugar porque siempre hemos identificado a Claudia con un tipo de espectáculo unipersonal enfocado en el humor. De allí la idea de que se trataba de una personalidad mucho más eufórica que la necesaria para interpretar a Violeta. Pero la química Fisher-Dammert ha resultado sorprendente. No queda sino que celebrar el aplomo de la actriz, su tremendo compromiso con el texto y la manera en que se convierte en la columna vertebral de la obra.

“Agosto” es un esfuerzo enorme, un gran trabajo de dirección y un resultado de equipo como pocas veces hemos visto en nuestro teatro. Por eso surgió la idea de crear este blog: para preservar ese proceso creativo, las emociones de algunos de sus artífices y dejarlo plasmado más allá de las notas de prensa que puedan haber sido publicadas durante su estreno.

Las entrevistas en video fueron realizadas el martes 15 de junio del 2010 en el escenario de la obra, en el teatro La Plaza ISIL de Larcomar.



Juan Carlos Fisher, director de esta obra:




La actriz Norma Martínez interpreta a Barbara Weston:




Claudia Dammert vuelve a las tablas como Violeta Weston:



Montserrat Brugué en un rol demandante:


Conversando con el actor Alberto Herrera: